El inicio de un diálogo (2 de 2)
Hace unos meses invitamos a amigos a proponer preguntas sobre lo que siempre quisieron saber acerca de la industria editorial. Ahora invitamos a personas del mundo del libro a indagar en esos cuestionamientos con una respuesta o una provocación.
21 septiembre 2026
© Tomma Abts.
Esta publicación se ha dividido en dos partes. Esta es la segunda, y contiene preguntas abiertas hechas a escritores, traductores, libreros, personas del gremio en general.
Lee aquí las preguntas originales. Algunas han sido abreviadas por cuestión de espacio. Se enviaron todas a destinatarios posibles (no sugeridos en la pregunta, sino propuestos por Gris Tormenta). Solo se mencionan aquellas que recibieron una respuesta. Lee acá la primera parte.
Me interesa saber cómo se concentran, especialmente si tienen trabajo y niños pequeños. Estoy abierta a recibir consejos o sugerencias. —Gabriela Ybarra, autora y bibliotecaria
Para mí, la concentración es un ejercicio de insistencia y de sosiego. Para concentrarme, he tenido que diseñar una rutina que me venga bien, insistir en ella y defenderla del ritmo que el mundo exige. No es fácil: las obligaciones son abundantes e imperiosas, a veces inesperadas, y en muchos casos tienen que ver con labores de cuidado que, aunque parezcan insignificantes, implican el sostenimiento mismo de la vida.
Ahí entra el sosiego: hay días que avanzo maravillosamente en poco tiempo, días en que las palabras parecen fluir como un río de caudal inagotable. Otros días me siento a escribir varias horas y no logro ni un párrafo salvable porque me distraigo escuchando alguna conversación ajena, leyendo algo que no tiene que ver con mi proyecto o platicando con una amiga. Intento enfrentar esas fluctuaciones con paciencia y buen humor: la vida me cambió cuando me di cuenta de que la segunda clase de días, el tiempo aparentemente perdido, es una parte fundamental de mi proceso de pensamiento y escritura.
La discusión sobre lo que les pasa a las escritoras que se convierten en madres es muy vasta y hay en la tradición literaria muchos ejemplos y matices que explorar. Es un hecho que encontrar momentos de introspección y lectura se complica cuando hay niños en casa. Hay que aprender a detectar cada oportunidad y aprovecharla: los ratos donde duermen, las horas en salas de espera, los momentos escasos y bellísimos en los que se puede compartir con ellos la mesa de un café, cada quien concentrado en su propia actividad. En mi caso, estoy convencida de que ser madre me ha dado acceso a otros niveles de profundidad. Ver crecer a mis hijos me ha brindado una textura emocional que abona a mi proceso de escritura y lo vuelve más disfrutable. Si resulta o no en mejores libros, no me corresponde a mí juzgarlo. Pero eso sí: es gracias a que soy madre, y no a pesar de ello, que me dedico a escribir. —Isabel Zapata, escritora y editora
Siempre me pregunto por el pulso que sostiene las ganas de hacer algo. Pienso en las autoras que me cambiaron la vida, y quisiera preguntarles: ¿qué sostuvo el deseo para no abandonar la escritura hasta terminar el libro? ¿Cuándo estuvieron a punto de soltar y qué las hizo seguir? Cuando miran hacia atrás, ¿recuerdan ese proceso con gusto? —Janila Castañeda, gestora y editora
En mi caso, la escritura es el vehículo que sostiene un deseo, no el deseo per se. Primero surge una pregunta que el juego con el lenguaje pueda abordar y luego viene un intento por resolver esa pregunta. En la búsqueda de una respuesta, o de varias, nace el deseo: de ahí surge una historia, o una apuesta formal, o un nuevo registro. Si ese deseo toma forma de cuento, de ensayo, de novela (o de cualquier otro texto que se sienta acabado), el proyecto se «lleva a cabo». Si toma forma de un par de líneas, de fragmentos sueltos e inconexos, o si la pregunta pierde sentido, entonces el proyecto se deja inacabado. No me parece que esto último sea una derrota, sino simplemente una forma distinta del deseo de escribir. Le huyo al sufrimiento en la escritura y, cuando aparece, lo tomo como una señal para soltar el proyecto que lo causa, así que en general recuerdo los procesos con gusto. El placer, me parece, debe ser inherente al proceso, así sea un placer raro, nuevo, a veces difícil de llevar (placer, me parece, no es sinónimo de facilidad).
Cuando he estado a punto de soltar no ha sido por falta de deseo, sino de tiempo y energía vital. Me parece que ahí el deseo no muere, sino que mengua. Creo que en ese caso hay que entender que la energía vital vuelve eventualmente y que el tiempo hay que robárselo al sistema. —María José Ojeda, escritora y editora
Le preguntaría a un escritor de narrativa —por las expectativas comerciales que operan en el ámbito de las novelas— sobre las tensiones, si es que las siente, entre el trabajo mismo de escribir y la parte tan pública de presentar y promover su obra, ir a festivales, todo eso. Como poeta, de vez en cuando siento algo de ese jaloneo (o choqueo) anímico. Pero me pregunto seguido por cómo lo vivirán les novelistas, con el motor del mercado corriendo detrás a otra velocidad. —Robin Myers, traductora y poeta
No estoy seguro de que el motor del mercado sea el verdadero problema, o al menos no lo es para mí. Existen otras cosas en el entorno que me resultan más difíciles de sobrellevar. La principal es el ego; el mío y el ajeno. Si quieres escribir narrativa, pero no quieres que el mercado te devore, la solución es sencilla: no publiques una novela cada dos años. Si dejas de publicar novela durante tres o cuatro años (o diez), el mercado se olvidará de ti porque no le convienes como novio —incluso si eres un buen escritor (o un buen novio). En cambio, donde más he sentido las tensiones por las que preguntas es precisamente en los encuentros de poesía. Pienso que los poetas somos demasiado susceptibles y reaccionamos mal a que nos programen al principio o al final, a que los organizadores se equivoquen al escribir nuestro nombre, a que no nos inviten a la mesa de honor, a que nos cuenten la ensalada del bufet en el hotel. Al mismo tiempo, somos (o son: hay quien me excluye del gremio por practicar otros géneros) los más precarizados del campo literario. Decía Ernesto Lumbreras que los pleitos entre poetas son tan salvajes porque hay más poquito que perder. El caso es que he visto a más poetas ofendidos que novelistas ofendidos en mi vida de escritor, y ese es el choque anímico que me desgasta más. Firmar libros y hablar en público de ellos me estresa también —en particular cuando yo firmo siete u ocho mientras Mariana Enríquez tiene una fila de trescientos. Pero es una vanidad por la que estoy dispuesto a pagar si incluye la posibilidad de compartir unos chilaquiles con una amiga a la que veo muy poco, o visitar un templo bonito, o conseguir uno o dos títulos que no existen en las librerías de mi pueblo. Por último, creo que asistiría a menos festivales, presentaciones y ferias del libro si a mi esposa no le gustaran tanto esos eventos. Ahí el desgaste emocional es doméstico: la energía que invierto en intentar convencerla de quedarnos en piyama en casa en vez de ir otra vez a la FIL Guadalajara. Siempre termino derrotado. —Julián Herbert, escritor
Me pregunto cómo le hacen mis traductoras favoritas para no torturarse y confirmar sus decisiones, o si a veces se quedarán recordando alguna palabra o frase por la noche, ya entregado el texto, preguntándose si algún pasaje o verso pudo haberse escrito mejor. En esa danza tan delicada, la traductora tiene una responsabilidad enorme: la de permanecer invisible, porque, si se nota su costura, la lectura se entorpece, le vemos las orillas, se rompe el pacto. ¿Cómo le hace Helen Torres para traducir así de bien a Donna Haraway? ¿Cómo lee de ida y vuelta Robin Myers a Juana Adcock? —María José Vázquez de la Mora, profesora
Qué linda pregunta. Mi diálogo nocturno me despierta algunas mañanas con la urgencia de cambiar la traducción de una palabra; pueden ser conceptos de los que había dudado o no. Puede una tardar días en encontrar lo que está buscando, básicamente porque no sabe lo que busca. Mi método es leer lo traducido tantas veces que puedo llegar a aborrecerlo; entonces lo dejo a su suerte, me voy a lavar los platos abandonados por la traducción, barro la casa o, lo mejor, me voy a dar un paseo. Es ahí cuando, indefectiblemente, la solución llega como en el sueño: un cartel luminoso que, al verlo, una piensa «¡Ostras, obvio!». Entonces vuelvo al texto.
No siempre una está de acuerdo con las decisiones que toma, por eso para mí es fundamental el trabajo posterior de edición; otros ojos que mimen al texto.
Posdata: Acaba de salir la traducción de Cuando se encuentran las especies, de Donna Haraway, donde traduje intra-action como intracción, pero después le dije al editor que prefería cambiarlo a intra-acción porque, aunque no fuera correcto, es como se ha popularizado. Ayer recibí el libro y comprobé que habían dejado intracción. ¿Es una buena decisión? Ya se verá… —Helen Torres, traductora
¿Cuáles son las consultas más raras (o más comunes) que les hacen en su trabajo? —Robin Myers, traductora y poeta
Viento Helado es una librería pequeña, por lo que cualquier consulta específica se vuelve un poco graciosa. Un hombre entra y pregunta por el libro Jesús vivió y murió en Cachemira. Otra persona más tarde pregunta si somos una biblioteca. Sin embargo, tomando en cuenta el tamaño de Viento, la pregunta más común es: ¿Cómo hacen para elegir los libros? Cuando no trabajaba aquí y visitaba la librería, Dani (librera y fundadora) me hablaba de un título, platicábamos en la mesita, me enseñaba el video de un autor leyendo; de esa forma surgían otros nombres que nos recordaban a ese. A los meses, los libros que buscaba aparecían poco a poco. Hoy me doy cuenta de que así funciona la mayor parte del tiempo: la mitad del catálogo se elige y la otra mitad es algo que se habló. —Edgar, librero
A quienes nos hemos visto alguna vez secuestrados por la Lectura Obligatoria: ¿dónde termina el placer y empieza la «altura de miras»? —Vicente Braithwaite, editor
Voy a responder con una anécdota.
En la primaria pública a la que fui, en el libro de lecturas de la SEP, venía un fragmento de «El licenciado Vidriera», de Miguel de Cervantes. A mí y a mi grupo nos obligaron a leerlo. Hubo algo que me cautivó de la historia de aquel viejo loco que creía que era de cristal. Pese a que nadie en mi salón de quinto año aceptó que le había gustado, era obvio; puedo decir por todos que supimos que habíamos tenido contacto con algo importante, significativo. Tal vez por eso, en secundaria, me animé a tomar el reto que la profesora de español, Francisca Barragán, nos ofreció: si leíamos el Quijote de Cervantes, haciendo un resumen a mano de cada capítulo, nos daba un punto entero final en nuestra calificación. Creo que me animé a aceptar el reto del Quijote no solo porque odiaba declamar y no quería hacerlo y por eso perdería un punto y quería recuperarlo, sino porque a la vez quería obligarme a leerlo; me daba curiosidad, pero no me había animado a entregarme a esa curiosidad y hacer ese reto aportaba un beneficio doble: sacar un punto y satisfacer mi curiosidad. Durante seis meses leí cada capítulo e hice un resumen de cada uno y logré entregar a tiempo mi trabajo y me gané el punto, pese a que no hice el resumen de los últimos capítulos (no quise acabar, dejé el final para después, para un momento íntimo). Gané mi punto y algo más, algo superior: una pasión. Me volví lector, y, con el hábito de leer, obtuve la compañía de una pasión que supe que nunca me iba a abandonar.
Así que la respuesta es sí, creo que la lectura por obligación puede ser dar altura de miras, en especial para las personas que, como yo, reciben educación pública o que, por condición social, familiar o geográfica, se les condena a no tener muchas opciones de miras.
Tal vez no haya que obligar a leer un clásico, pero sí dar opciones de lectura. No se puede obligar a ser feliz, pero sí debe obligarse a saber que la felicidad es una de nuestras opciones. —Alejandro Merlín, traductor y escritor
El libro como objeto, como material de entretenimiento, de estudio, de investigación y de disentimiento; como parte de la cadena productiva, de una industria y del capitalismo. El libro y los conceptos de utilidad, regalo, aspiración y ornamento. ¿Cuántos de los libros que se venden llegan a ser leídos parcial o totalmente? —César Tejeda, escritor y editor
Nunca, a decir verdad, me planteé esa pregunta. No suelo formularme cuestiones de naturaleza cuantitativa. Soy consciente de que nos dirigimos a una inmensa minoría, de ahí que hayamos descartado lo numérico de nuestro horizonte. Jamás pensamos el libro como un material de entretenimiento, aunque contribuya a él. Para nosotros, los libros, a contrario de la opinión torticera de que nos desvinculan de la vida, son un nexo con la misma y, si son bien leídos, nos pueden dotar del más precioso bagaje para transitarla y aceptarla. —Manuel Borras, editor de Pre-Textos
¿Qué actividad, hábito o mecanismo cultivan —que a lo mejor no tiene nada que ver— para no perder esa lealtad fervorosa que los mueve hacia la causa de los libros? —Xochitl Aguirre, gestora cultural y entusiasta de la jardinería
Cada sábado, voy a comprar al mercat de pagès (los puestos donde los agricultores venden directamente los alimentos que cultivan y que se celebran una vez a la semana). Es una ocasión magnífica para hacer acopio de productos frescos de proximidad extraordinarios, poner en práctica la sobirania alimentaria. Si hay poca afluencia, siempre trato de entablar conversación con los payeses para indagar algo más sobre los alimentos que cocinaré con esmero más tarde y terminarán en los estómagos de mi familia. Siento un fervor en la forma de trabajar de los payeses y presentar sus alimentos que me conecta con la causa libresca de los editores independientes: cultivan semillas antiguas y raras, valoran y reivindican la biodiversidad, son conscientes de que los vegetales toman su tiempo para crecer y madurar, respetan las estaciones y los territorios, militan en la no sobreproducción y el no agotamiento de las tierras y trabajan en comunidad. —Magda Anglès, editora en Las Afueras
¿Qué opinas de la cantidad de novedades editoriales que se publican y llegan cada semana a las librerías? ¿Crees que el sistema actual es sostenible? Si no lo es, ¿qué cambiarías? —Nacho Sevilla, lector
Se habló en su día de «la edición sin editores» (André Schiffrin), pero hoy estamos en los tiempos de «la edición sin lectores». ¿Quién compra libros y por qué? Nadie lo sabe. A los editores no les queda otra que tocar una y otra vez todas las teclas del piano, para ver cuál suena. De ahí la avalancha. Por supuesto que el sistema no será sostenible a medio y largo plazo, al menos con las dimensiones que ahora tiene. Pero de momento es la única manera de seguir avanzando, como en esos viejos dibujos animados de la Warner Bros. en que, distraído, el Coyote caminaba imperturbable sobre el vacío hasta darse cuenta de que no tocaba suelo y entonces se precipitaba al abismo. —Ignacio Echevarría, crítico literario y editor.
Últimas encuestas relámpago en esta serie:
«El inicio de un diálogo (1 de 2)», respuestas a dudas sobre el mundo del libro.
«Leerse en el otro», sobre qué libro pareciera haber sido escrito específicamente para ti.
«¿Qué es lo más raro que haces en la editorial donde trabajas?»
«Me gusta muy poco lo que leo», sobre los manuscritos que leen y rechazan los editores.