El sonido de una voz

Una conversación en torno al libro ‘El sonido de una voz’, de Lewis Lapham, con la participación de los editores Alejandro Arras, Nayeli García Sánchez y Pablo Duarte.

23 octubre 2026


Alejandro Arras (AA): Lewis Lapham, el autor de El sonido de una voz, sostiene que algunos textos tienen una voz, en el sentido de que hay algo que es muy distinguible en ellos. Me gustaría que empezáramos esta conversación por ahí.

Nayeli García Sánchez (NGS): Este libro replica de buena manera el método de edición que Lapham seguía en las revistas en las que trabajó, que, por resumirlo de forma injusta, pero breve, consiste en el recorte y el reacomodo de textos preexistentes. Como otros libros de esta colección, el ensayo cuenta con un prólogo, escrito por Jacobo Zanella —uno de los editores de Gris Tormenta—, en el que de alguna manera recombina el texto que lo acompaña. Lapham habla de la voz como un aspecto tal vez más espiritual, o incluso metafísico, que es como el alma del texto.

Me interesaría plantear si los editores tienen voz, en el sentido al que hace referencia Lapham. Mi respuesta, al menos provisional, es que sí: que es esa recombinación; es decir, que el editor sirve como médium para expresar otra voz. 

Hay algo particular en la metáfora de la voz, porque esta requiere, en términos físicos, de un medio que la transmita, y ese medio la modifica. Si uno habla debajo del agua, se escucha distintivo a hablar en el aire. Entonces, a veces el editor juega ese rol de ser el medio —o el médium, en un aspecto más espiritual.

Pablo Duarte (PD): Me parece que el diálogo que se entabla entre el prólogo y el ensayo central es una especie de puesta a punto de dos voces que coinciden en mucho, pero también tienen cierta discrepancia; no necesariamente polémica, pero sí de tonalidad. Son dos voces distintas hablando de una obsesión compartida. Al final de cuentas, creo que el asunto de la edición como voz se relaciona con la idea de la obsesión compartida y con la idea de las conversaciones como el medio en el que estas existen. En muchos sentidos, este libro me dejó claro que la edición, que por momentos puede ser árida o ideática o incluso llena de reglas de postulados rígidos —por ejemplo, los mandatos editoriales dentro de una colección—, al mismo tiempo tiene esa imprevisibilidad, curiosidad o chispa que tienen las conversaciones entre colegas y compañeros. Entonces, me parece que el tema de la voz tiene que ver con la posibilidad de que haya una conversación que no esté fija ni sujeta y, a la vez, esté fija y sujeta a la manera estricta en la que se crean los libros. Esa paradoja, esa complejidad en la que existe la voz, genera todo tipo de tensiones, imprevistos e ideas burbujeando. Los libros de Gris Tormenta son estrictos en el sentido de que su catálogo no admite excursiones a la novedad de turno, a que llegue alguien queriendo publicar un libro, aun siendo el autor del momento; al contrario, su catálogo editorial tiene una voz muy sólida, pero permite toda una serie de encuentros y chispazos. Entonces, esa paradoja está en este libro, y me parece que es fuente de innumerables conversaciones futuras.

AA: Es curioso cómo en el mundo de la literatura no podemos ver la reacción de nuestros lectores, a diferencia de un músico y un actor que se presentan ante un público. Es muy misterioso para nosotros. No podemos ver ese momento íntimo.

Es también curioso que los estadounidenses sean muchas veces antiestadounidenses. Hay siempre una autocrítica en el libro. Lapham estudió en Yale y Cambridge, e insiste en dejar de escribir textos académicos e ir por la manera personal. Eso me resulta interesante. La gente que más admiro de los Estados Unidos del siglo XX seguía esa línea: Faulkner, Hemingway, Annie Dillard, que, por cierto, era muy cercana a él. Lapham no asocia el periodismo con la escuela, sino que el periodismo se forja, se construye; y eso se ve en las revistas que editó. Luego de leer este libro uno quiere salir a buscar una edición de Lapham’s Quarterly. Es interesante que el ensayo de este libro sugiera una postura no académica, sino autodidacta, que está un poco satanizada en la época en la que vivimos por cuestiones de dinero. ¿Pero de qué viven los escritores si no son académicos?

NGS: Uno de mis subrayados del libro es justamente el que dice que un escritor no se conforma solo con escribir. Contrariamente a lo que uno podría pensar, el orden, mantener un método y tener asegurados ciertos pines a lo largo de tu actividad diaria provoca e invita al azar y al juego. Una de las características de todo juego es que hay reglas, que son importantes para que ocurra. En el ensayo encontré varias máximas de Lapham en las que se ven al mismo tiempo tensión y relajación, y que son cosas que él hacía mientras leía: 1) nunca leer sin un lápiz en la mano; 2) leer dos o tres libros al mismo tiempo, de manera ordenada —traduzco ese punto como una forma de generar un archivo de lectura—; 3) no terminar un libro si no te gusta o si no te apetece —que es una regla preciosa, porque muchas veces los editores vivimos asediados con la idea de que tienes que terminar de leerlo completo para decidir por qué no te gustó—; y 4) esperar tres años antes de leer un libro que tiene una aceptación unánime de los contemporáneos. Esas reglas del juego —me parece un gesto solemne decir que son la metodología de lectura del editor— contrastan con el característico humor que tienen las mismas reglas. El hecho de que un editor escriba que no tienes que terminar de leer el libro, que lo sueltes si no te gusta, transforma completamente la manera en la que pensamos el éxito de un texto. Normalmente, uno relaciona el éxito de un texto con inicio, medio y desenlace, y él dice que no.

Lewis Lapham.


PD: Esa tensión y esa posibilidad de abandonar la lectura también se relacionan con el acto de conversar. Cuando uno está conversando, los temas no se llevan a sus últimas consecuencias, sino que fluyen dependiendo de un estira y afloja. Como lector, es muy liberador que un editor de la eminencia de Lapham posibilite el abandono del libro si se vuelve aburrido. Con eso no cancelas la lectura, sino simplemente abandonas la experiencia porque en ese momento no funciona.

Lapham fue un editor de revistas, de un tipo de publicación cotidiana y constante, y eso es radicalmente distinto a una editorial transnacional, con un ritmo de publicación y tamaño muy diferentes. Cambia el enfoque y el modo en el que abordas o entiendes lo que es interesante, pertinente y oportuno; también los horizontes de tiempo se transforman. Pienso, por ejemplo, en las pequeñas lecturas al principio de la revista Harper’s —de la que fue editor—, en esos fragmentos, recortes y hallazgos. O en el índice de cifras [el Index], que se compone de textos extremadamente áridos y burocráticos resignificados para convertirlos en un discurso completamente distinto en otro horizonte de tiempo y con incluso otras reglas.

AA: En la parte final del libro hay un anexo en el que vienen frases sobre cómo era el Lapham editor. Alguien dice que de él aprendió cómo hacer una selección de textos y cómo rechazar a un escritor. Hoy vivimos en un espacio editorial donde en su mayoría se evalúan los escritos solo por el inicio —eso pasa bastante en las novelas y los cuentos—; o, por ejemplo, el primer capítulo es un filtro en los premios literarios : si no gusta, se desecha. Pienso en qué pasaría si Balzac mandara Las ilusiones perdidas a una editorial actual, en la que el primer capítulo son puros números —una novela que, por cierto, recomienda Lapham, así como otros libros del autor—, o qué pasaría con En busca del tiempo perdido. En esta época de demasiados libros, me parece que ese tipo de evaluaciones son también un error. Y lo relaciono con lo que dices, Pablo, de la conversación, como cuando escuchas a una persona y no te agrada, pero una hora después ya te hiciste su amigo.

El libro también habla sobre la perdurabilidad de los textos; es decir, de encontrarse con artículos periodísticos que al otro día no valen nada. Y me parece que tiene que ver con el temperamento que menciona Lapham, porque en la revista Istor hay una sección maravillosa, el «Cajón de Sastre», que escribe el historiador Jean Meyer, en el que reúne trozos interesantes que extrae de la historia mundial.

PD: Eso que mencionas conecta con una frase de Lapham que cita Jacobo en el prólogo: «La historia es un recurso natural además de una tecnología aplicada». Y también con la que menciona de Cicerón: «La ignorancia de lo que sucedió antes de que naciéramos nos convierte en niños eternos». Es la idea de que en los hallazgos del pasado no solo encontramos curiosidades, sino al mismo tiempo es una metodología recombinante, en el sentido de una tecnología de lectura.

AA: Hay una frase de Lapham que me parece que despierta o provoca una gran reflexión: «[Intentar] contar una historia verdadera. Verdadera en el sentido de que los autores sustentan sus descubrimientos en la base de su propio ser».

NGS: Estoy completamente de acuerdo con lo que expresa. Creo que se relaciona con otra cuestión que menciona Jacobo en el prólogo sobre que la edición que se hace desde lo personal implica una serie de decisiones estéticas, no éticas. Es una idea interesante, porque uno suele pensar que la ética está vinculada al compromiso político, y la estética, a lo superficial o pasajero, a la pose o lo cosmético. La lectura de Jacobo sobre Lapham es al revés: entre más ubicación pueda tener una voz específica, en un sitio y una época particulares, más político se vuelve el gesto de acompañar esa voz con otra. Yuxtaponer es un procedimiento estético, no ético. Por lo tanto, encuentro una manera de hacer una lectura política mediante este tipo de método.


PD: Y también de la manera en la que imaginan porvenires posibles de la época en la que se insertan. Uno está pensando en mirar hacia el pasado, pero también es una posibilidad de mirar hacia adelante y de poner a prueba las limitaciones de tu imaginación, del porvenir que está disponible para esta sociedad en este momento.

Este es un gran ensayo que le puedes dar a una persona a la que le interesa la edición. Y podría no ser solamente en el sentido libresco, sino en el de curaduría, de discernimiento, es decir, como una manera de estructurar cierto caos, de poner en orden las ideas, de encontrar conexiones. 

También me quedé dándole vueltas a esta frase: «Como todas las épocas, la nuestra puede considerarse la mejor o la peor. El juego de ideas nunca es fácil, rara vez es popular y siempre es visto con sospecha por el orden establecido». Me parece que, en muchos sentidos, eso resume el asunto en el que gira el libro. Porque, finalmente, es una apuesta por subvertir el orden establecido de las cosas; es como lanzar esa pequeña piedra que distorsione, aunque sea un poco, la quietud del orden, no importa que más tarde se hunda, pase, se vuelva parte del orden establecido y eventualmente venga la siguiente. Este libro me parece una gran apuesta por la conversación como espacio donde sucede todo. 

Marcelo Cohen dijo que uno se forma en oposición o coincidencia con los demás, y, como no podemos conocer a tanta gente, entonces los libros se vuelven esas vocen con las que conversamos. El sonido de una voz me lo confirmó. La experiencia de leer el prólogo de Jacobo y luego el ensayo de Lapham y después las opiniones de otras personas que lo conocieron es realmente singular. Al final de cuentas, el libro también podría leerse como una biografía en miniatura, intelectual y sin fechas puntuales de un editor fascinante.

AA: Creo que los buenos editores saben traer noticias de otros idiomas. Lapham es un editor poco conocido en la tradición literaria en México, entonces se agradece que un editor o una editorial tenga esa comunicación con otras regiones para ponernos en contacto con ellas y empecemos entonces a armar una serie de redes. Es interesante ver cómo las personas que se dedican al trabajo editorial pueden crear nuevas formas de conversación.

NGS: El sonido de una voz es una especie de manifiesto editorial de Gris Tormenta. Eso me encanta y me resulta llamativo, porque el establishment es que el editor no se note, que el proceso desaparezca, que lo que importe sea el producto. En ese sentido, Gris Tormenta va a contrapelo, porque en cada uno de sus libros se percibe la voz y el criterio del editor, y eso permite transparentar que hubo un proceso de selección para llegar a ese libro. Que exista un manifiesto de una editorial me parece un acto profundamente revolucionario en un momento de avasallamiento del mercado.

AA: Escuchemos ahora preguntas del público.

Jazmina Barrera: Este libro de Lapham me hizo pensar en las revistas, en cuál es el borde entre una revista y un libro y en los tipos de conversaciones que proponen. También, en lo que se pierde cuando desaparecen. Una de las características que más me gusta de las revistas es el aspecto ritual, que a su vez tiene que ver con repeticiones: desde el hecho de saber en qué momento sale hasta esperar la columna de alguien en particular. ¿Qué otras cosas creen que se pierden con la desaparición de las revistas?

PD: Lo que más extraño es el pensamiento sostenido durante largos periodos y que no llega a ser un libro. Hablo de esos artículos o reportajes largos. Si no hay revistas, es difícil encontrar lugares para ese tipo de pensamiento sostenido que no es avasallador, que no llega a novela, que no dura meses, sino un rato, pocas semanas de trabajo. De pronto, esas exploraciones escritas empiezan a quedar huérfanas. Si acaso, algunas tendrán cabida en alguna antología, o en una colección específicamente para textos breves, o si esa persona junta otros escritos más.

NGS: Yo también esperaba con devoción ciertas columnas, y, aunque siguen existiendo en la versión web de ciertas revistas, ya no siento lo mismo. Además, pienso que en las revistas había una difuminación del autor. Eso por un lado. Por el otro, también extraño que las revistas sirvieran de espacio para que un escritor saliera a saludar al mundo, que saliera a decir «soy un autor sin publicación, pero ya tengo un cuento», que tuviera un objeto material en donde participó. Pienso en el caso de Juan Rulfo y el primer capítulo de Pedro Páramo, cuando aún se llamaba Los murmullos, o en los grandes escritores que publicaron sus primeros escritos en The New Yorker. Se volvió un rito de paso publicar en una revista de esa naturaleza. Y también para un editor es agradable ir de pesca a las revistas a conocer quiénes están escribiendo y de qué. Ese tipo de rituales se pierden cuando desaparecen las revistas.



Alejandro Arras (Ciudad de México, 1992) es autor del libro de cuentos Perfil del viento y editor en Ediciones Piedra del Río.

Pablo Duarte (Ciudad de México, 1980) ha editado libros, colecciones editoriales, revistas y textos breves durante casi veinte años. Es también traductor, ensayista y locutor —y ha escrito varias veces en Gris Tormenta.

Nayeli García Sánchez (Ciudad de México, 1989) es editora y escritora. Fue editora de la versión impresa de la Revista de la Universidad de México por cinco años. Es editora de Lumen y Alfaguara en México.

El sonido de una voz, de Lewis Lapham, 96 páginas.

El libro es parte de la colección Editor, que reúne historias sobre lo que sucede antes de que un libro sea abierto por un lector. Primeras páginas. La publicación de este libro se realizó gracias a una coedición con la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana.


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