Lo que siempre quisiste saber…

Les preguntamos a amigos lectores —escritores, editores, periodistas, gestores, traductores, profesores— qué es lo que siempre quisieron saber de la industria editorial y no se animaron a preguntar. Compartimos a continuación sus respuestas.

6 mayo 2026


Preguntas para editores 


La pregunta sobre cómo decidir qué libro vale la pena publicar me parece interesantísima para conversar con cada editor que conozco, pero es claramente demasiado abierta. Pienso en esto: ¿cómo reconocer —cuando está fuera de las trayectorias reconocidas, las modas estilísticas, las coyunturas políticas o las posibilidades de venta masiva— un libro importante, un texto que, como dice Echevarría en Una vocación de editor, va a cambiar, aunque sea un poco, el rumbo de la literatura? Mi pregunta, supongo, va del riesgo: ¿qué circunstancias permiten que, contra todo pronóstico mercantil y estético y quizá hasta político, un libro sea publicado porque el editor está seguro de que se volverá importante? ¿Qué tanto juegan los gustos personales? ¿Cuánto es más bien una especie de rapto místico que une al editor con la historia de la literatura? Y quizá más allá: ¿qué tantas de estas oportunidades se pierden en la maraña del mercado, del presupuesto y, en pocas palabras, del pragmatismo del negocio editorial? —Juan Carlos Franco, dramaturgo


Siempre he querido preguntarles a mis amigos editores sobre la noción de envidia. Estoy segura de que muchas de las personas que escribimos conocemos bien la sensación: hay un libro (ajeno, por supuesto) que te interpela de una manera particular, un libro de un colega que desearías haber escrito tú. ¿Tienen los editores esa misma sensación con los libros editados por otros? ¿Hay algún libro que consideras que hubiera estado mejor en tu catálogo y no en el del otro? ¿Existe algo así como la «envidia de catálogo»? —Marisol García Walls, escritora


Los editores pueden conocer el valor literario de un texto antes incluso que sus autores, antes incluso de que el texto sea escrito. Anticipan con su mirada, como si fuera a través de un aleph, conversaciones en torno a la obra, reacciones de críticos literarios, polémicas, pasiones, posibles premios. Es así como la literatura se renueva. Pero nadie habla de ese otro valor más inmediato de negociar la palabra, de hacer una oferta económica por un manuscrito. Este es, a mi juicio, uno de los capítulos más reservados (e indiscretos) en la historia de la literatura. ¿Qué conclusiones podríamos sacar de un análisis de los contratos firmados entre escritores y sus casas editoriales? ¿Cómo sería el relato de esa otra cara de la moneda? —Carlos Rojas, investigador académico


¿Qué ocurre en la cabeza de un editor cuando considera un texto? No me refiero a si le gusta o no, sino a esa lectura multidimensional que abarca, simultáneamente, la escala microscópica de un signo de puntuación, la música de una frase, la arquitectura de un argumento, su lugar en un catálogo o un número, la diversidad de sus lectores potenciales, la conversación contemporánea a la que puede sumarse, las tradiciones con las que dialoga... ¿Cómo cobra forma esa inteligencia editorial, a la vez práctica y abstracta, minuciosa y panorámica, empática y exigente? —Carlos Bravo Regidor, analista político


Mi pregunta se desarmó en un conjunto de dudas y va dirigida a lxs editores. Me genera intriga cómo se sostiene la identidad de una editorial a lo largo del tiempo sin saber en el mediano o largo plazo qué textos van a ser publicados. ¿Se puede pautar o tiene vida propia? ¿La editorial acompaña las transformaciones del editor o es al revés? ¿Armar una colección de libros se parece al modo en que lxs diseñadores de moda planifican las colecciones de otoño y de primavera? ¿O al modo en el que unx curadorx piensa una exposición colectiva? En definitiva, ¿qué se puede controlar y qué se escapa de la identidad de una editorial? —Julia Levstein, artista y bibliotecaria


La cadena del libro, ese microcosmos repleto de verdades a medias y mentiras piadosas, sigue dejando espacio para los misterios insondables. Yo, por ejemplo, abordo cada que tengo tiempo y energía a colegas editores en torno a si es o no reversible la degradación de la industria editorial como territorio fértil de historias que eluden deliberadamente una agenda y si es o no necesario dotar de ese trasnochado tono moralizador la promoción lectora. —Ricardo López Si, periodista y escritor


A un editor: ¿por qué consideras que el trabajo de un especialista va antes que el de un creador, o por qué tu editorial tiene dinero para pagarle a un traductor, a un diseñador, a un corrector, a un impresor, a un promotor, etcétera, pero no a un autor, que debe esperar a cobrar en función de sus ventas? —Marc Caellas, escritor


No es novedosa la querella ante la sobreproducción de libros. En uno de sus títulos más celebrados, Gabriel Zaid hace un recuento de las mentes brillantes —de Sócrates a Montaigne— que han esgrimido valientes argumentos contra el superávit literario. Y, si bien el libro ha superado una crisis tras otra (el actual imperio de la pantalla es solo la más reciente), me pregunto: ¿será que la obsolescencia programada es un fenómeno que no atañe solo a nuestros teléfonos celulares? Y les pregunto, editorxs: antes de publicar, ¿se cuestionan la pertinencia de un libro más allá de los dividendos que pueda generarles? —Ángel Soto, periodista y editor

© Phil Shaw.


Para escritores


Me interesa saber cómo se concentran otros escritores, especialmente si tienen trabajo y niños pequeños. A mí me cuesta escribir después de una jornada atendiendo en la biblioteca; siento que mi cabeza se llena de responsabilidades y de tareas que borran mis ideas. Busco estrategias para despejar la mente. Leo con atención entrevistas y artículos sobre rutinas de escritura; en una, un autor confesaba que le gustaba fumar marihuana para relajarse antes de escribir, pero a mí me provoca paranoia. Hasta ahora, lo que mejor me ha funcionado ha sido meditar, cerrar los ojos para ver flotar todo lo que me agobia, pero a menudo me da sueño. Estoy abierta a recibir consejos o sugerencias. —Gabriela Ybarra, autora y bibliotecaria


Siempre me pregunto por el pulso que sostiene las ganas de hacer algo. Escribir y editar, como toda práctica creativa, exige un interés capaz de sobrevivir al tiempo, al autosabotaje, al síndrome de la impostora y a todo lo que se atraviesa en el intento de ser una humana funcional. Pienso en Miranda, Clarice, Elisa, Margo, Josefina, que me cambiaron la vida, y quisiera preguntarles: ¿qué sostuvo el deseo para no abandonar la escritura hasta terminar el libro? ¿Cuándo estuvieron a punto de soltar y qué las hizo seguir? Cuando miran hacia atrás, ¿recuerdan ese proceso con gusto? —Janila Castañeda, gestora y editora


Preguntaría a un escritor —de narrativa, por las expectativas comerciales que operan en el ámbito de las novelas— sobre las tensiones, si es que las siente, entre el trabajo mismo de escribir y la parte tan pública de presentar y promover su obra, ir a festivales, todo eso. Como poeta, de vez en cuando siento algo de ese jaloneo (o choqueo) anímico. Pero me pregunto seguido por cómo lo vivirán les novelistas, con el motor del mercado corriendo detrás a otra velocidad. También preguntaría a un librero por las consultas más raras (o más comunes) que les hacen en su trabajo. (Hace muchos años, un amigo que trabajaba en The Strand, en Nueva York, me contó que una cantidad realmente asombrosa de gente se acercaba buscando libros sobre ángeles. A veces con pudor.) —Robin Myers, traductora y poeta


Para traductores


Pienso mucho en la traducción de los libros que leo. A menudo me pregunto cómo le hacen mis traductoras favoritas para no torturarse y confirmar sus decisiones, o si a veces se quedarán recordando alguna palabra o frase por la noche, ya entregado el texto, preguntándose si algún pasaje o verso pudo haberse escrito mejor. En esa danza tan delicada, la traductora tiene una responsabilidad enorme: la de permanecer invisible, porque, si se nota su costura, la lectura se entorpece, le vemos las orillas, se rompe el pacto. ¿Cómo le hace Helen Torres para traducir así de bien a Donna Haraway? ¿Cómo lee de ida y vuelta Robin Myers a Juana Adcock? Entonces eso: que me pregunto sobre el diálogo interno (y nocturno) de mis traductoras favoritas. —María José Vázquez de la Mora, profesora


Para todos, para el gremio


Supongo que mi pregunta es más emocional que técnica, y se dirige a todos quienes nos hemos visto alguna vez secuestrados por la Lectura Obligatoria: ¿dónde termina el placer y empieza la «altura de miras»? —Vicente Braithwaite, editor


Es casi una pregunta al aire, que tiene que ver con el libro como objeto, con el libro como material de entretenimiento, material de estudio, material de investigación y material de disentimiento. Con el libro como parte de la cadena productiva, como parte de una industria y como parte del capitalismo. Con el libro y los conceptos de utilidad, regalo, aspiración y ornamento. ¿Cuántos de los libros que se venden llegan a ser leídos parcial o totalmente? —César Tejeda, editor y escritor


Me ha gustado la pregunta, pues me hizo ponerme en un lugar incómodo. Darme cuenta de que, como me es familiar la industria del libro y las personas que lo integran, no me vino de manera natural responder qué es lo que siempre quise saber del gremio en el que colaboro desde hace una década. Después de darle unas vueltas, aprovecharía la oportunidad para indagar respecto al entusiasmo por promover la existencia del libro, es decir, ¿qué actividad, hábito o mecanismo cultivan —que a lo mejor no tiene nada que ver— para no perder esa lealtad fervorosa que los mueve hacia la causa de los libros?; aquella que les hace regresar inspirados, quizá hasta más segurxs, sobre el porqué dedicar la fuerza de trabajo y recursos a los libros, que los reafirman en su impulso por seguir promoviendo su existencia a pesar de los retos. —Xochitl Aguirre, gestora cultural y entusiasta de la jardinería


¿Qué tendría que hacer la industria editorial en México para que, con el doble de población que España o Argentina, los escritores mexicanos tuvieran mejor acceso a los mercados editoriales? —Alejandro García Gómez, lector


¿Qué opinas de la cantidad de novedades editoriales que se publican y llegan cada semana a las librerías? ¿Crees que el sistema actual es sostenible? Si no lo es, ¿qué cambiarías? —Nacho Sevilla, lector


«¿Por qué el ser y no más bien la nada?» Insondable y enigmática, abstracta y misteriosa. Sustituyo esa pregunta por otra no menos indescifrable: ¿por qué hay libros y no más bien nada? Aunque desde hace años rodeo el mundo del libro, de las revistas y periódicos, la pregunta persiste. Es lo primero que me habría gustado preguntarles a mis mayores: ¿cómo se llega a ver el negro sobre blanco? ¿Quién escoge y con qué criterio? ¿En qué momento se da el afortunado —y rarísimo— cruce entre quien escribe y quien edita? (Hago trampa y la cadena de preguntas podría llevar hasta la primera.) Al libro lo cercan el comercio —del que depende—, el trabajo sin fin de muchos actores, la publicidad, las ferias, el trajín de lo administrativo. Pero se da el milagro, como dice Zaid, y un día afortunado alguien se encuentra con un libro y le resultan invisibles toda la serie de milagros sucesivos que debieron ocurrir antes. Detrás de todos ellos está un pequeño dios que a veces consentimos en llamar editor. —Julio González, editor




Otras encuestas relámpago en esta serie:

«Leerse en el otro», sobre qué libro pareciera haber sido escrito específicamente para ti.

«¿Qué es lo más raro que haces en la editorial donde trabajas?»

«Me gusta muy poco lo que leo», sobre los manuscritos que leen y rechazan los editores.

«Ecos del Paraíso», sobre cómo distintos creadores imaginan el paraíso.

«¿Qué es lo mejor que ha hecho un editor por ti?», sobre algo que de otra manera no habrías visto.

«Amaba decir: “ese también lo tengo”», sobre el autor más repetido en las bibliotecas personales.

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