Green Shadows and Other Poems

Este texto de Gerald Murnane es un capítulo de su libro ‘Última carta a un lector’, que publicamos en la colección Paisaje Interior. El fragmento ha sido incluido en la compilación ‘Jardín nocturno’, que conmemora el Día del Libro 2026.

21 abril 2026


Buena parte de los eventos significativos de mi vida han ocurrido dentro del triángulo escaleno que tiene sus ángulos en las ciudades de Bendigo, Melbourne y Warrnambool. (Alguna otra persona habría considerado mi mudanza al lejano oeste de Victoria como una suerte de aberración, pero mi cariño por la imaginería espacial y el interés que he tenido toda la vida por nociones como el azar, la potencialidad y la predestinación me llevaron a descubrir un día que la bisectriz del ángulo formada por una línea de Warrnambool a Melbourne y una línea de Bendigo a Melbourne pasaba nítidamente a través del punto en el mapa donde me mudé en mi septuagésimo quinto año y donde mis cenizas yacerán en su momento.) Las imágenes que tenía en mente mientras escribía Las llanuras le debían poco a cualquier recuerdo mío, pero durante mucho tiempo he creído que comencé a interesarme en los paisajes sobre todo planos y herbosos en las dos ocasiones en que, a mediados de los cuarenta, viajé con mis padres y hermanos de Bendigo a Warrnambool en autobús y cuando, hacia el final de la tarde, entre Skipton y Mortlake, vi una puerta decorada y más allá, rodeado a cada lado por eucaliptos, un camino que se perdía de vista tras una colina distante o que llevaba, quizá, a una mancha verde oscuro que era un pequeño bosque de árboles europeos, tras la cual había un atisbo del piso superior de una mansión de basalto azulado. Este no fue el único elemento que contribuyó a fabricar las pocas imágenes que, podría decirse, me han obsesionado desde entonces. Mi padre, hijo de un vaquero de la costa suroeste, a menudo traía a casa un ejemplar del Leader o su rival, el Weekly Times, los cuales eran distribuidos en la Victoria rural, y con el tiempo obtuve de estos periódicos una imagen compuesta de mi estado, como desde entonces lo he hecho con muchas partes del mundo. Los pastoralistas del Distrito Oeste estuvieron, durante mi infancia, entre los más ricos victorianos, y muchas familias eran propietarias de caballos de carreras engalanados con colores que databan del siglo anterior. Ya obsesionado con las carreras de caballos, estas cosas me importaban mucho.

Durante muchos años, antes de abandonar Melbourne, mi esposa y yo y varias otras parejas viajábamos cada mayo a las celebradas carreras de Warrnambool, que duraban tres días. En cierta parte de la carretera Princes, cerca de Camperdown, cada año me aseguraba de mirar hacia el distante bulto azul oscuro del monte Elephant, lejos, en el norte. Parte del mismo ritual consistía en apartar intencionalmente la mirada de las breves vistas del océano que se ofrecían al aproximarnos a Warrnambool. Puede que le haya dicho al menos una vez a mi esposa, que por lo general toleraba lo que llamaba mis excentricidades, que mi ritual era un requisito de la religión a la que me había entregado después de haber abandonado la religión de la familia de mi padre.

Violé imprudentemente esa religión en mayo de 2010. Yo era un viudo recién llegado a mi pueblo fronterizo y me acercaba a Warrnambool desde el norte por primera vez. Cuando estaba cerca de Penshurst, comprendí que estaba cruzando el ángulo más occidental de mi cuadrilátero sagrado. Por primera vez en muchas décadas, lo que a menudo había visto en mi mente estaba al alcance de mi mirada. Llevaba conmigo la cámara Canon Owl que mi esposa había comprado veinte años atrás y conduje la mitad del camino pintoresco, hasta la cima del monte Rouse (cien metros), con el propósito de fotografiar la vista hacia el este. De seguro cada lector de este párrafo ya ha previsto el final de mi anécdota. Lo que podría no ser tan predecible es que la de­silusión me alcanzó solo después de ver lo que resultó de revelar el rollo. Mientras operaba la cámara, todavía creía que estaba parado frente a mi paisaje-sueño. «Oda al Distrito Oeste» es uno de los cinco poemas míos que he leído en voz alta más a menudo para mi propia satisfacción. Justo ahora lo leí de nuevo y recordé una vez más que, a pesar de haber pensado en este o aquel paisaje cada día de mi vida y a pesar de haber escrito sobre este o aquel paisaje en casi todos los textos de ficción que he escrito y a pesar de considerar mi propia mente como una suerte de paisaje, he visto realmente pocos paisajes, y con justicia podría acusárseme de ni siquiera haberlos mirado bien. En cierta ocasión, alguien discutía conmigo mi creencia de que una única imagen poderosa es capaz de originar una obra de ficción entera. Él o ella me preguntó si una sola de esas imágenes podría haber originado toda mi ficción. Sin pensármelo antes, describí una escena similar a la descrita en los últimos diecinueve versos de mi oda favorita. Esa discusión ocurrió al menos diez años antes de que escribiera «Oda al Distrito Oeste», y la imagen del hombre en la biblioteca habría adquirido en ese tiempo los detalles que me deleitan cuando los leo, en particular el hecho de que las enredaderas y trepadoras en el porche sean tan densas que nada de las inmensas llanuras alrededor sea visible desde la biblioteca.

El segundo de mis poemas favoritos es «La señora Balsarini», donde es mencionado un personaje femenino similar a la mujer que da la espalda en la biblioteca. La joven esposa en Bendigo es nombrada, pero todo lo demás en torno a ella es especulación y conjetura. Cuando leo los últimos cuatro versos y medio de su poema, me maravillo de nuevo ante la perspicacia notable del narrador de En busca del tiempo perdido, el que escribió sobre el libro escrito en el corazón. Si nunca hubiera leído esas palabras, puede que nunca hubiera escrito mi poema. Tampoco habría sido capaz, ni siquiera a medias, de contemplar el milagro de un hombre en su octava década todavía capaz de descifrar la huella en su propio corazón de la imagen de una persiana cerrada y un alféizar naranja de setenta años atrás.


El tercero de los poemas es «Oda a Gippsland», el cual me dice, cuando lo leo, no tanto la historia de Catherine Mary Murnane, que pasó su infancia en Korumburra y cuyas cenizas están enterradas allí, cerca de la frontera de Australia del Sur, sino la historia de nuestra vida juntos, que duró casi cuarenta y cinco años y que terminó bastante bien, luego de haber parecido en varias ocasiones que terminaría muy de otro modo.

El cuarto de los poemas es «Último poema». Cuando lo escribí en 2015, no tenía duda de que los últimos versos de ese poema serían las últimas líneas que publicaría. Incluso si recordaba haber pensado lo mismo veinte años antes, cuando escribí las últimas líneas del último texto en Emerald Blue, y de nuevo lo mismo luego de haber escrito primero A History of Books y luego Distritos de frontera, no habría dudado de mi determinación. Ahora, por supuesto, casi he terminado con la penúltima sección de incluso otro libro, pero he tenido la satisfacción, durante cinco años, de solo escribir para mis archivos y de tener como último texto publicado un poema breve, simple, que alardeaba no tanto de lo que yo había escrito como de lo que no había escrito. 

En algún lugar he leído la afirmación de que una persona revela más diciendo lo que él o ella no hace que con una lista de hechos o logros. No sé lo que se revela en mi lista de cosas que nunca se encontrarán en mis poemas (o en mi ficción), pero estoy muy consciente de que algunas de las cosas que he evitado conforman la totalidad de los asuntos de otro tipo de escritor. Muchos críticos han observado esto. Uno escribió, hace mucho, que el mundo se quedó fuera de mi ficción. Esa declaración no me molesta, pero hace poco me molestó leer, al final de una reseña en general favorable a propósito de uno de mis libros recientemente publicados en el Reino Unido, el comentario desaprobatorio de que yo parecía no ser consciente de que un tipo de paisaje distinto había precedido al paisaje australiano sobre el que tanto escribía y que un tipo diferente de personas había ocupado ese paisaje. Soy muy consciente de estos asuntos, pero ejerzo la libertad que disfrutan todos los escritores de este país: la libertad de escoger aquello sobre lo que quieren escribir, incluso si rara vez escogí y más a menudo fui conducido.

En los ocho años que pasaron entre que abandoné la escuela y fui persuadido por mi novia, que luego fue mi esposa, de que me debía inscribir en la universidad, mi visión de mí mismo como jubilado era así. Sería un hombre soltero, no sé si de toda la vida o divorciado; poco importaría. Estaría solo cada noche, libre para tomar cerveza mientras leía o escribía o jugaba un complejo juego de carreras de caballos que había concebido y desarrollado durante muchos años. Viviría en el lejano oeste de Victoria, en el pueblo de Apsley o, quizá, en el cercano Edenhope. Cuando me dedicaba a estas ensoñaciones, todavía me encontraba en Melbourne. Esos pueblos y los distritos prácticamente vacíos a su alrededor estaban muy lejos de mí, al otro lado de lo que siempre fue conocido como el Distrito Oeste y que me había impresionado tanto de niño. (Cualquier libro como Las llanuras era inaudito entonces,

pero ahora puedo decir que estaba soñando con encontrarme una llanura más allá de las Llanuras.) Mi carrera como maestro de primaria había sido completamente mediana, pero había extraído mucha fuerza, lo bastante para muchos años, de un logro desconocido para mis colegas o incluso mis pocos amigos: había publicado, bajo pseudónimo, pero en una editorial respetable, un volumen de poesía que había sido recibido moderadamente bien.

Tendría que escribir otro ensayo para intentar explicar por qué no pude escribir, en los años anteriores, el tipo de poesía que escribí con tanta fluidez entre 2014 y 2015. Durante unos doce meses, fui capaz de componer estrofa tras estrofa con muchas menos correcciones y alteraciones de las que siempre he hecho al escribir prosa. Y, si eso no fuera lo bastante milagroso, yo era en aquel entonces, y todavía soy, un hombre soltero que juega golf regularmente en las cercanas Edenhope y Apsley y que de noche toma cerveza hecha en casa, mientras añade elementos a su así llamado Archivo de las Antípodas.

Y no, no me he olvidado del quinto poema, que es «De Coate Water a Glinton». Leer ese poema en voz alta me permite entregarme a mi pasión de toda la vida por los mapas y los paisajes y reconocer no solo el heroísmo de uno de los pocos poetas que admiro por completo, sino también su devoción por el personaje en quien pienso como su Lectora Ideal.




Gerald Murnane (Melbourne, 1939) es un escritor australiano, creador de una vasta obra de ficción, autobiografía, ensayos y poesía compuesta de quince títulos. Ha recibido distinciones prestigiosas en su país, como el Patrick White Award, el Melbourne Prize for Literature, el Prime Minister’s Literary Award, entre otras.


«Green Shadows and Other Poems» es un capítulo de Última carta a un lector, publicado por Gris Tormenta en 2023, con traducción del inglés de Adalber Salas Hernández. El libro se compone de reportes de lectura que el autor realizó, a los 82 años, de sus libros publicados, para sus archivos personales. El fragmento que presentamos aquí se incluyó en la compilación Jardín nocturno, que es parte de la colección Día del Libro en México que, año con año, ha celebrado la colectividad en la edición independiente.


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