Letras anfibias
Este texto de Andrés Cota es el prólogo a la compilación ‘Jardín nocturno’, libro publicado por dieciséis editoriales independientes de México con motivo del Día del Libro 2026.
21 abril 2026
A principios de año visité el Jardin des Plantes de París con dos propósitos: mostrarle a Damiana, mi hija de nueve años, el templo de los huesos sacros de la zoología moderna* y buscar a los ajolotes de Cortázar; bueno, más bien a los descendientes de esos singulares anfibios que dejaran prendado al gigante argentino (quiero decir, tanto de las letras como de estatura; no olvidemos que Julio tenía acromegalia, un trastorno caracterizado por exceso de hormona del crecimiento que provoca rasgos de gigantismo y que lo llevó a sobrepasar el metro noventa de altura).
«Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.» De esa manera comienza el cuento «Axolotl», en el que el narrador relata, a modo de elaboración autobiográfica, la fascinación que le ocasionan los emblemáticos monstruillos del pantano durante su estadía en la capital francesa (ejemplares de Ambystoma mexicanum** a los que visita obsesivamente para contemplar sus ojos dorados y su semblante de figurilla azteca flotando al otro lado del cristal hasta que, en un juego de espejos, termina por convertirse en uno de ellos). «Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.»
Pocas páginas bastan para generar un shock estético de tal potencia que se queda inervado en las sinapsis de sus lectores de por vida, muchos de los cuales (sobre todo aquellos provenientes de latitudes no mesoamericanas) se enteraron de la existencia del icónico ser precisamente gracias a este relato. Me figuro que ese es el poder de la escritura. Tornar la atención hacia algo. Señalar. Descubrir. Sacudir el entramado neuronal para despertar la imaginación y poblar la cabeza de presencias insospechadas. Aunque dudo que la motivación de Julio tuviese tintes divulgativos o que de algún modo apelara al naturalismo, para bien o para mal, es lo que terminó consiguiendo. Ensanchar un poco el mundo de sus lectores. Contagiar el misterio que aguarda cuando se levanta la vista para escudriñar más allá de las fronteras humanas y se observa con empatía al otro, sea este de esencia branquial o cabalmente pulmonar, tenga las patas que tenga, haga o no fotosíntesis; posea micelio, corteza, exoesqueleto, plumas o escamas; se alce sobre las olas como un coloso de los mares o esté constituido apenas por una sola célula.
Hay unas cuantas personas para las que los seres del fango, la montaña y la selva siempre han estado ahí. Desde que aprendimos a hablar los nombramos. Desde que pudimos caminar nos rodeamos de ellos. A partir de su gracia es que construimos nuestro camino y que trazamos la red de afectos de la que nos afianzamos. Después están aquellas personas para las que, una vez superada la infancia, cierta experiencia funciona como la llave de acceso: las caminatas en el bosque, el volcán o el desierto que despiertan la sensibilidad o bien algún encuentro accidental con una fiera asombrosa (como el de Cortázar con el ajolote) que trastoca el intelecto. Supongo que el viaje psicodélico o el de indagación científica también pueden ayudar a abrir las perspectivas. Y, para el resto, queda el relato. Las frases que anteceden a la revelación de la bestia. Las imágenes y los cantos de los que brota el aprecio. El lenguaje con el que todo comienza.
Sospecho que por ahí va, en parte, este asunto de la liternatura, la narrativaleza, la ecoescritura, la prosa silvestre, el humanismo ambiental, la filosofía verde, la biopoesía o como sea que quiera llamarse a la constelación de obras que transitan por el fértil vértice donde se cruzan la floresta y el oficio de la palabra. Letras anfibias, si se prefiere, pues habitan en dos medios distintos. Piezas que, más allá de quitar al humano del centro —para encontrar en el inmenso árbol de la vida a otros protagonistas—, nos ofrecen la posibilidad de contemplar a nuestra especie bajo una luz distinta, lejos del favoritismo de los dioses y del pedestal de las jerarquías autoimpuestas, y, así, entendernos como lo que somos: primates parlantes y fantasiosos; puede ser que dotados de capacidades tecnológicas sobresalientes, pero perdidos en nuestro narcisismo y delirios de grandeza. Mamíferos, pues, animales. Ni diferentes, ni separados y mucho menos superiores al resto, sino parte de un continuo: piezas intermedias en un enorme rompecabezas de linajes evolutivos. Concebirnos, vaya, no solo como segmento de la naturaleza, sino como naturaleza misma, puesto que a escala celular albergamos comunidades nutridas de microorganismos (bacterias, levaduras, protozoarios, nemátodos e incluso arácnidos) que nos llaman hogar, de los que dependemos por completo y que en la capa más diminuta de la vida nos asemejan más a una serie de paisajes que a un individuo. Holobiontes, eso es lo que somos, y como tales estamos sujetos a los mismos designios azarosos que el resto de entidades pulsantes.***
¿De dónde van a surgir las aguas que refresquen el panorama de las letras si no es desde las trincheras independientes? A veces pienso que dichas editoriales —alejadas del negocio y de las mesas de novedades (si no es que directamente kamikazes económicos) y, por consiguiente, gustosas de publicar libros raros, de nicho, poco convencionales, desafiantes, inclasificables— son similares a los organismos pioneros de la sucesión ecológica. Como esos líquenes, briofitas y helechos que arriban en forma de espora al campo de lava petrificada tras la explosión de un volcán y que, contra todo pronóstico, se anclan a las hendiduras del magma, sobreviven en mitad del paisaje inclemente digiriendo atmósfera y, así, con el paso del tiempo, dan lugar a las condiciones necesarias para que nuevos organismos también puedan llegar y prosperar.
Digamos que sin la férrea labor de los líquenes,**** que poco a poco rascan la piedra y la convierten en sustrato mineral (es decir, en la tierra que se mezcla con las cenizas volcánicas), las plántulas venideras no tendrían dónde germinar y, por lo tanto, no se cimentaría el primer eslabón de la cadena alimenticia, indispensable para que más adelante puedan arribar los insectos, los arácnidos y el resto de invertebrados, así como los hongos y las plantas con flor. Y mucho más tarde, si es que las corrientes aéreas y marinas lo favorecen, quizá las aves, reptiles, anfibios y mamíferos. En fin, con esta pequeña diatriba quiero apuntar que, a su manera, las editoriales independientes justo eso hacen en el terreno cultural. Generan el suelo. Abren el camino. Es grato saber que en puerta vienen numerosas esporas de tales letras anfibias. Esperemos que, con el tiempo, ayuden a tornar el ríspido panorama en un campo frondoso.
Antes de dar paso a la cata de textos reunidos en este libro conmemorativo, debo aclarar que al final no encontramos a los ajolotes de Cortázar, sino únicamente una placa de metal alusiva al relato. Sucede que el vivario del Jardin des Plantes se halla en remodelación, por lo que habrá que esperar hasta que concluyan las obras. No obstante, en un edificio adyacente, dimos con un trío de achoques, Ambystoma dumerilii, los ajolotes oriundos del lago de Pátzcuaro, que al igual que los ajolotes son neoténicos y están en grave peligro de extinción. Esos mismos que las monjas dominicas del convento de la basílica de Nuestra Señora de la Salud, en Pátzcuaro, Michoacán, propagan desde hace décadas para fabricar jarabe para la tos. Pero esa es otra historia.
* Un enorme galpón con más de mil esqueletos de animales, desde ballenas hasta musarañas, dispuestos de manera magistral, y artística, dentro de la Galería de Paleontología y Anatomía Comparada del Museo Nacional de Historia Natural, que desde 1898 recoge las ideas de Cuvier, Lamarck, Buffon y demás naturalistas que nos legaron las bases de la zoología moderna. Diría que es una visita obligatoria en la Ciudad de la Luz, sin duda equiparable con el Museo de Orsay, el Louvre y el Orangerie.
** Ejemplares que, a su vez, fueron descendientes directos de los primeros cinco Ambystoma mexicanum que arribaron al Viejo Mundo en 1869, por encargo de Auguste Duméril durante la segunda intervención francesa en México, y que el zoólogo tuvo a bien no solo mantener, sino más adelante incluso reproducir, con lo que pudo resolverse el enigma científico que hubiera atormentado a los naturalistas decimonónicos sobre la naturaleza de las bestiecillas, demostrando que en efecto podían reproducirse en estado larvario en lugar de tener que atravesar por la metamorfosis habitual al grupo de las salamandras (rasgo denominado como neotenia).
*** Holobionte: término introducido por Lynn Margulis para referirse a la asociación entre un macroorganismo (animal, hongo o planta) y los microorganismos simbióticos que integran su microbiota.
**** Los líquenes que recubren rocas y troncos con sus atractivas colaboraciones oxidadas son en verdad comunidades simbióticas integradas por una fracción fungi, otra de alga verde azulada y una tercera bacteriana, lo que les confiere una de las resistencias biológicas más extraordinarias que se conozcan, equiparable incluso a la de los famosos osos de agua, ya que, al igual que estos, cuando están en estado de criptobiosis cuentan con la sorprendente capacidad de poder sobrevivir a las arduas condiciones del espacio exterior.
Andrés Cota Hiriart (México, 1982) es zoólogo y escritor. Autor de los libros Faunologías, El ajolote, Fieras familiares y Fieras interiores. Preside la Sociedad de Científicos Anónimos y conduce el pódcast Masaje cerebral.
Jardín nocturno es una compilación de textos de las siguientes editoriales: Alacraña, Almadía, Antílope, Aquelarre, Canta Mares, Dharma Books, Elefanta, Festina, Grano de Sal, Gris Tormenta, Impronta, La Cifra, Minerva, Palíndroma, Perla, Pitzilein Books, Polilla, U-Tópicas y Zopilote Rey. El libro se distribuye de manera gratuita alrededor del Día del Libro, en abril 2026.
La antología cuenta con textos de Erik Alonso, Gerardo Ceballos, Amaury Colmenares, Rodolfo Dirzo, Lord Dunsany, Paul R. Ehrlich, Knut Hamsun, Fernando Jiménez, Gerald Murnane, Mónica Nepote, Lina María Parra Ochoa, Melanie Pérez Ortiz, Pascal Quignard, Xitlalitl Rodríguez Mendoza, Leta Semadeni, Vandana Shiva, Michael Sledge y Marina Yuszczuk, además del prólogo de Andrés Cota Hiriart.
Jardín nocturno es parte de la colección Día del Libro en México que, año con año, ha celebrado la colectividad en la edición independiente.