Caminos para volver a la infancia

A continuación compartimos fragmentos de la presentación de ‘Cinco miradas sobre la infancia’, realizada por la escritora Jazmina Barrera y la librera Agustina Villella en Xalapa, durante la Feria Internacional del Libro Universitario de la Universidad Veracruzana.

8 enero 2026


AGUSTINA VILLELLA (AG)
: La colección Miradas de Gris Tormenta es un proyecto en el que un autor o una autora selecciona y presenta textos que giran alrededor de un concepto literario. El resultado son libros abiertos, una ruta personal de lectura. Hablemos de tu caso en esta colección, Jazmina: Cinco miradas sobre la infancia.

JAZMINA BARRERA (JB): La colección Miradas es más o menos nueva. Los editores me escribieron cuando la estaban esbozando. La idea es que sea una colección de lectores, no tanto de escritores. Ellos seleccionan un tema y te proponen que, a partir de él, recomiendes cinco lecturas. No es una selección exhaustiva ni para que pases tiempo pensando o revisando bibliografía. Son las cinco que a ti, como lectora, más te gustan, más recuerdas y que se te vienen a la mente de inmediato. Ellos me propusieron la infancia, seguramente porque saben que es un tema que me apasiona (incluso mi tesis de licenciatura es sobre literatura infantil). Cuando me escribieron, me aclararon que no era un libro para niños, sino la infancia mirada desde la literatura. Recuerdo que a la media hora les mandé una lista que, si no quedó idéntica, al menos sí muy parecida, porque en efecto son los textos que más se han quedado conmigo. Pero sí hubo un criterio en mi selección. Pensé en la manera en que nos acercamos a la infancia cuando somos adultos, porque la infancia es esa época por la que todos pasamos y que por cuestiones biológicas también olvidamos.

Hay un momento en la vida, un gran olvido, en donde borramos buena parte de los recuerdos de nuestros primeros años para hacerles espacio a los que vienen. La infancia entonces se vuelve un misterio: es a la vez muy nuestra y ajena. Hay distintos caminos para tratar de volver a ese reino perdido. A mí se me ocurrieron cuatro: uno es a través de esa memoria imperfecta y mentirosa que todos tenemos; otro es a partir de la literatura infantil, que son los textos que escribimos los adultos para acercarnos a esa etapa; otro es mediante la convivencia con niños y niñas, de esa experiencia de maternidad; y el otro es mediante la ficción: crear el personaje de un niño o de una niña y meterse en esa cabeza para tratar de mirar el mundo como si estuviéramos de nuevo ahí. A partir de esos criterios hice la selección.


AG: El texto de presentación es muy sugerente, y sos muy generosa con los lectores al hablar de estas rutas para que cada quien vaya dilucidando el porqué de la selección. Yo había pensado en tres conceptos, que podían ser tres caminos: completar, inventar, recrear. Podríamos sumar literatura infantil, que muy osadamente lo vinculaba con inventar

En este libro hay tres géneros primordiales: el ensayo, la memoria y la novela. Sorprende cómo armaste el índice. Me gusta que el libro cierre con un texto de Sartre. En él da cuenta de su formación como lector y como escritor, con unas hermosas memorias de su infancia, que son memorias compartidas con muchos otros escritores (Piglia dice lo mismo de su infancia). También me pasó que empecé a leer por mímesis, uno de los caminos más bonitos.

El primer texto de Cinco miradas sobre la infancia es un capítulo de Peter y Wendy, de J. M. Barrie. Es decir, ficción pura. Como muchas personas de mi generación, conocí primero la película. ¿Cuál fue tu aproximación con esos personajes? ¿Qué sentís, como lectora, cuando estás leyendo un libro en donde aparece una infancia como personaje central? 

JB: Es una historia que la mayoría conoce, aunque no haya leído el libro, incluso si no ha visto la película. Algunos cuentos de hadas vienen de la tradición oral popular, otros surgen de una creación directa y se vuelven parte del imaginario colectivo, se convierten en arquetipos, como en este caso, pues los personajes de Barrie no están basados en una narración conocida, sino que los inventó. Son historias que se transforman de manera constante porque las personas se las apropian como referentes para construir, por ejemplo, una obra de teatro, una película. 

Peter Pan es un personaje icónico; es el niño que no quiere crecer. Es un personaje al que no le presté mucha atención en la infancia. En realidad, fue hasta hace un par de años que mi hijo, de siete años, eligió Peter y Wendy en una librería, y entonces empezamos a leerlo. 

El fragmento que viene en esta selección es del principio de la novela —que primero fue obra de teatro—, en donde habla del momento en que los niños se dan cuenta de que van a crecer. Ese instante me parece clave. Nunca me había puesto a pensar en ese momento hasta que leí la novela. Entonces me acordé de la angustia que sentía yo de niña, porque había leído libros y visto películas en donde me dejaban claro que algo terrible se perdía al terminar la infancia. Se acababa una magia, se acababa un acceso a un lugar secreto, misterioso.

Peter y Wendy es una lectura reciente, pero en Cinco miradas sobre la infancia también hay menciones a libros que leí hace tiempo. A pesar de que el libro de Barrie es para niños, a mí me impactó mucho más que a mi hijo.

AV: La literatura, los libros o el arte en general pueden ser la herramienta que nos acerque a temas inabarcables, como dices. La infancia es un problema para la literatura porque aborda lo que no recordamos y que, sin embargo, todos vivimos. Los cuentos de hadas o de tradición oral muchas veces se conectan con ese rito de iniciación. El texto de Barrie, aunque sea de fantasía, evidencia que los adultos no pueden acceder a ese espacio, ese mundo, ese tiempo. En esta antología hay un recorrido que toca la cuestión del inconsciente o la subjetividad que quedó creada en nosotras, pero que no podemos controlar, ni editar, ni revisitar fielmente. Como escritora, lectora y editora, ¿de qué manera las infancias te permiten reflexionar sobre tu propia historia?


JB: Hasta hace no tanto, en los discursos preponderantes rondaba la idea de que criar hijos era lo opuesto a la creación artística o intelectual, lo opuesto al pensamiento sofisticado, que eran dos acciones totalmente separadas, es decir, que las mujeres, una vez liberadas, lo mejor que podían hacer era no ser madres, porque era algo esclavizante. Como sociedad, nos dimos cuenta de que no era así. Para mí, convivir todos los días con una persona en formación es intelectual, sensible, lingüística y artísticamente estimulante. Es un proceso que cambia tu perspectiva de manera constante. Quienes criamos niños entramos en una empatía radical, tratando de entender lo que ese ser está pensando, sintiendo, necesitando. Más cuando son bebés, porque no te pueden comunicar nada, tienes que adivinar o entenderlos casi como por telepatía. En realidad, estás leyendo las mínimas señales para comprender qué le pasa a esa persona. Y entonces empiezas a ver el mundo a través de esos ojos, los de alguien que todavía no tiene nuestros prejuicios, nuestros estereotipos, que está descubriendo todo por primera vez. Miles de cosas que dabas por sentadas las cuestionas, porque en realidad nunca te habías puesto a pensarlas. Ese es un portal maravilloso para la creación. Parte de ese proceso es regresar, porque nuestro referente inmediato para criar a un niño es cómo fuimos criados, para bien y para mal. Regresamos para replicar o cambiar lo que hicieron con nosotros. Es una revaluación de la propia infancia con el fin de tomar decisiones. Es un ejercicio de memoria constante.


AV
: Creo que la mayoría de los textos de la colección Miradas intentan completar el tema mediante diferentes mecanismos. Uno es el archivo personal. En el relato de Verónica Murguía incluido en este libro, ella recuerda lo tremenda que era en la infancia. Con los ojos de adulta, admite que fue una niña rebelde, que jugaba y hacía travesuras con sus hermanos. Ellos también muestran que parte del proceso de la memoria es colectivo.

En la antología también se incluyen unas cartas de Emma Reyes en donde le relata a su amigo Germán Arciniegas una infancia atroz. ¿Cómo fue tu experiencia lectora con ellas? ¿Cómo te acercás a esos textos que podríamos pensar como el lado B del mundo de la alegría?


JB: Concuerdo, ambas hablan del lado oscuro de la infancia. No todo es fantasía, creación, maravilla. Es también un momento muy delicado en el que somos vulnerables y sensibles a las violencias que nos rodean. No solo a las directas que se infligen sobre nosotros, sino incluso a la violencia de estar vivos, la de saber que vamos a morir. No recuerdo nunca haber tenido tanto miedo en mi vida como cuando era niña. Nunca volví a tener esos miedos de la infancia, esas pesadillas atroces. A veces eso se nos olvida. Estos dos textos lo recuerdan de manera vívida.

Las cartas de Emma Reyes me volaron la cabeza cuando las leí. Fue una pintora colombiana muy reconocida. Estudió con Picasso. Como mencionas, en cierto momento decide mandar estas cartas para contar una infancia terrible. A ella y a su hermana las abandonan en un páramo y acaban en un convento. Lo que me maravilló de las misivas es que, a pesar de las historias tan crueles y oscuras que narra, la autora no perdía en ningún momento el sentido del humor. Es decir, son cartas divertidísimas y rarísimas y excéntricas, narradas con una sencillez y candidez. Además, pienso que dialogan con otras obras de mujeres de su época. Me recuerdan a Balún Canán, de Rosario Castellanos, o a La semana de colores, de Elena Garro; a Silvina Ocampo, incluso: escritoras del siglo pasado que abordaron los aspectos de la infancia desde la crueldad, la violencia, la oscuridad de la que también son capaces los niños, con niveles de realismo y fantasía maravillosos.


AV: Me hiciste pensar en Enero, de Sara Gallardo. Una novela breve y potente. Se dice que es la primera novela argentina que trata sin tapujos el tema de la violación. Ahí vemos esa infancia-adolescencia que no existe. ¿Crees que es posible pensar en la infancia sin pensar en los cuidados?


JB: Los niños son principalmente seres que necesitan cuidados. En la literatura, también tenemos una serie de personajes infantiles que son huérfanos —por ejemplo, en novelas de Charles Dickens o en cuentos de hadas—, y eso es como imaginarlos en una situación vulnerable. 

Uno de mis textos favoritos de esta antología es el fragmento de El último samurái, de Helen DeWitt. Es una novela rarísima, excéntrica. Es sobre una madre políglota y su hijo pequeño, que también lo es. Tal vez lo que más me gusta de este fragmento es cómo retrata la interacción directa con un niño a nivel de intensidad, entusiasmo, interrupciones, repeticiones. Esa voracidad que tienen los niños. Todo eso está ahí, en las conversaciones. 


AV: ¿Quedó fuera algún texto? O, si hubiese un bonus track, ¿cuál meterías? 


JB: Para cada una de las categorías de los textos tenía opciones. El de Sartre es uno de los que tenía que estar sí o sí. Lo leí hace veinte años en una clase de francés en la UNAM. La maestra nos lo llevó en unas fotocopias. Recuerdo que fue alucinante. Guardé esas hojas, pero no tenía ningún referente del libro. Por años lo busqué en librerías. También le pedí a mi tía francesa que preguntara por él. Busqué traducciones en librerías de viejo, pero no hubo manera de hallarlo, hasta que los editores de Gris Tormenta lo encontraron. Un caso similar es el de la novela El último samurái, porque es un libro complicado de conseguir. Así que Cinco miradas sobre la infancia es también una puerta de entrada a libros que sería difícil acceder de otra manera.



Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) es editora, escritora, crítica literaria y traductora. Desde cada uno de estos oficios ha explorado las relaciones de la niñez, la juventud y la crianza con la escritura y la literatura.


Agustina Villella (Ituzaingó, 1991) es restauradora de libros antiguos, gestora y librera en El Entusiasmo, una librería independiente fundada en el año 2022 en Xalapa, Veracruz. 


Cinco miradas sobre la infancia, seleccionadas y presentadas por Jazmina Barrera. Con textos de J. M. Barrie, Helen DeWitt, Verónica Murguía, Emma Reyes y Jean-Paul Sartre.


El libro es parte de la colección Miradas, que funciona como metáfora de la biblioteca —del universo personal y literario— de un gran lector. Primeras páginas. La publicación de este libro se realizó gracias a una coedición con la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana.

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