La edición sin editores
Hinde Pomeraniec comparte estos párrafos inéditos de Luis Chitarroni, «ideas imperfectas, soberbias, a propósito del tedio, la revolución, la edición y la lectura».
9 septiembre 2026
© Ignasi Aballí, Enciclopedia (detalle), 1994.
Los párrafos provienen del ensayo «La edición sin editores», incluido en la antología ‘Luis Chitarroni por sus amigos’, publicado por La Bestia Equilátera en homenaje al escritor, crítico literario y editor.
Las elegías por la muerte del libro en forma de libro fueron publicadas a comienzos del tercer milenio. The Business of Books, de André Schiffrin, y Stet, de Diana Athill, del mismo año (2000), comentan el hecho con dramático desdén, como corresponde a dos personas vinculadas de muy distinta manera a la industria y el negocio. La primera se inaugura con la compra de Alfred Knopf por parte de Random House, y de ahí en más encabalga la vocación a una saga familiar, que involucra por parte de la familia Gallimard el olvido del nombre fundacional del padre de André —Joseph Schiffrin— y la gestación mitológica de la Bibliothèque de la Pléiade. La otra, la de Athrill, más íntima, se adecua mejor a la memoria de lo que se consideraba menos o más que un editor —un «asesor literario»—, y está poblada de escritores (Jean Rhys, Alfred Chester, Molly Keane, V. S. Naipaul).
En el cine (es curiosa la atención superlativa con que un arte supone a otro), el verdadero sentido se lo darían puestas en escena dudosas, de Misery y Lobo (Mike Nichols) a Bajos instintos, donde el mundo editorial queda implicado, y donde la rutina de sus rituales adquiere un suntuoso y apócrifo esplendor.
Hoy la del editor se distingue de la función de la mayoría, en el sentido en que está condenado a leer los programas de instrucciones y los manuales de procedimientos de las grandes empresas, pero exento de hacer casi cualquier otra cosa, mientras la mayoría de las personas nada pierden haciendo lo que él no hace o se abstiene de hacer: un desarrollo por completo productivo de la asimbolia generalizada de lo que se ha dado en llamar «la edición sin editores».
Esta hegemonía se debe en gran medida a un repliegue, o acaso solo a una presunción de oficio a la que no se le suele hacer caso: los editores dan por supuesto el mundo (como voluntad y representación) y así la superficie se extiende, se aplana, se regulariza. El mundo escrito, a su vez, es un pleonasmo, una redundancia del mundo (o una autonimia, como diría Barthes, o una copia de repeticiones). Entonces, y si ese privilegio aun le hubiera sido reservado, al editor lo único que le queda es organizar las series con las cuales el placer de la lectura puede convertirse en secuencia, puede convertirse en secuela. Debe convertirse en estilo.
Quienes tienen que hacer el esfuerzo de leer, como se ha visto, son los lectores. A ellos se dedica ese mundo, este nuevo mundo (y no solo «el porvenir de una ilusión»), y, a menos que estén ocupados haciendo la revolución (e incluso si prevén hacerla más adelante, las estanterías y anaqueles deberían resultarles atractivos, sobre todo como materia prima de un incendio), la pérdida del reino puede servirles de aliciente o de estímulo.
Leer, digo, en el sentido de inteligir, porque a menudo se reduce el placer de la lectura (de ficción) a una penuria intelectual o a un percance del tedio, del ennui. En realidad, después del primer avance, la cuestión de la edición sin editores tendría que ser reconsiderada como una emergencia de la moda a punto de extinguirse, algo verdaderamente alentador, en la medida en que no tardaremos mucho en añadir la espesura de la vieja edición a sus anchas en calidad de sustituto o relevo, como una nostalgia por la audición de vinilos. Con la pipa de editor como maestro de ceremonias, la oficina de la secretaria como un pedestre purgatorio, corrección de pruebas de galera y otros aditivos y servicios de la inocente añoranza actual.
— Luis Chitarroni
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