El lector que no lee sino que es leído

Fragmento del libro ‘Oficio editor’, de Mario Muchnik.

25 junio 2026


¿Ganas de contar? Borges seguramente tenía ganas de contar. ¿Saber contar? ¡Si no Borges, ¿quién?! Pero ¿tenía Borges algo que contar? Canetti me había hablado de Borges como de alguien cuya literatura era trivial, «bien escrita pero superficial como el ajedrez». La literatura como juego, quizás. Y pensé en Perec, en el Calvino del grupo Oulipo, en la poesía automática de los surrealistas. Y no lo tenía claro. Al fin y al cabo Calvino, por ejemplo, solía jugar con las estructuras literarias, sobre todo a partir de la publicación de las Cosmicómicas. ¿Cómo se medía ese nuevo Calvino con el anterior, el de El barón rampante?


¿Cuál era la diferencia que yo experimentaba entre leer Borges y leer Dickens? Los dos despertaban mi mayor interés, me arrancaban la mayor admiración, me prodigaban el mayor placer. Pero había alguna diferencia solapada, un abismo escondido que situaba a uno, Dickens, en una provincia sin comparación más rica que la del otro, Borges. ¿Por qué? ¿Sería mi propia sensibilidad, mi propia educación del gusto?


Pero un buen día, no hace mucho, releyendo David Copperfield caí en la cuenta de que cada noche, al abrir el libro, no leía y asimilaba lo que leía sino, muy por el contrario, el libro me asimilaba a mí. De algún extraño modo el libro de Dickens me leía a mí y, como cuando Alicia atraviesa el espejo, me resultaba imposible evitar ser succionado por la novela y hallarme inmediatamente en una callejuela de Londres o en un camino de la campiña inglesa del que solo me arrancaba el sueño.


Fenomenológicamente se estaba delineando mejor lo que yo sentía ser la diferencia entre Borges y Dickens: Borges nunca había tenido ese efecto por el que el libro y yo intercambiábamos papeles. Nunca me sentí leído por un libro de Borges.


Sigo perplejo ante esa diferencia. La experimento, desde luego, en todas las formas del arte y cada uno de sus géneros. Una forma abstracta de Rothko o de Kandinsky me miran a mí, no yo a ellas; mientras que yo miro —con admiración y respeto— un Pollock, un Mondrián. Una obra de Berio me escucha, como me escucha a mí la Misa en si menor de Bach; mientras que yo escucho una obra de Stockhausen o el Adagio de Albinoni. Y en este diferente modo de relacionarme con la obra de arte estriba la diferencia que hay para mí entre lo sublime y lo clásico.


Digamos que Borges no es un clásico y Dickens sí. ¿Qué queremos decir con eso? Es decir, ¿qué es un clásico? Calvino dio catorce definiciones de un clásico, pero específicamente no ha escrito de lo siguiente.


Uno no aprende cosas nuevas en un clásico. Un clásico confirma en uno cosas que uno ya sabía y descubre en uno cosas que uno ignoraba saber, y así consolida en uno lo que ya sabía y lo que ignoraba saber. Es así, consolidando, dando nutrimento, aire y tiempo a lo que uno lleva dentro, como un clásico es edificante. En ese sentido, uno no lee un clásico sino que el clásico lo lee a uno. O, mejor: un clásico lo escribe a uno. En definitiva: uno es la obra de un clásico. Es de esa manera cómo un clásico hace aflorar a la conciencia la ínfima parte de eternidad que uno lleva dentro de sí.


En la historia no hay muchos clásicos, tal vez no lleguen a mil, reuniendo todos los géneros. La cueva de Lascaux —que, a juzgar por la unidad de estilo, podría ser obra de un solo Cro-Magnon— es el clásico más antiguo que me ha tocado conocer. Otros son la Misa en si menor de Bach, Don Giovanni de Mozart, la Odisea de Homero, Don Quijote de Cervantes, la Pietà de Miguel Ángel, la Gioconda de Leonardo, Les demoiselles d’Avignon de Picasso, Hamlet de Shakespeare, Cántico de Guillén, la cúpula florentina de Brunelleschi, el pabellón «catalán» de Mies van der Rohe. Me olvido de otros, pero no por cierto de Guerra y paz de Tolstói, que es el clásico cuya relectura me da pie para estas reflexiones.

Los extractos que compartimos tienen como única finalidad la divulgación literaria y artística. Los derechos sobre estas obras corresponden a su autor o titular.

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