El color gris

¿Qué es el gris, como color y como estado de ánimo? ¿Qué representa en la vida de un escritor y en su estilo? Josep Pla escribe ‘Cuaderno gris’ a partir de esas preguntas. En algún momento parece revelar una respuesta.

19 agosto 2026

© Julie Weiman.


Un fracaso literario continuado, una lista de síntomas: la copia, la falta de conocimientos, el esnobismo, la miopía… Descubierto y expuesto, despojado de sus artimañas, el escritor ha quedado desilusionado; se vuelve temporalmente gris, su mundo se tiñe de gris, escribe en un cuaderno gris lo siguiente:

Ahora bien: un fracaso literario tan continuado debía de tener una causa concreta. Pero ¿cuál era esta causa? Hablé con Alexandre Plana, única persona que, en definitiva, conocía mis manuscritos.

—¿Qué te parece? —le dije—. Esto va muy mal…

—Sí, muy mal. Mucho más, probablemente, de lo que tú piensas… Te lo diré en dos palabras: eres demasiado novecentista.

—¡Qué dices! ¿Estás seguro?

—Te lo digo seriamente. No es que seas novecentista en el fondo. No creo que tengas bastantes conocimientos para serlo y aún menos que la manera de ser personal te incline hacia ese lado. Pero es un hecho que utilizas el estilo novecentista. Con una pluma en la mano utilizas este estilo. Utilizas estas palabras arcaicas, estos medievalismos, simplemente porque lo has leído…

—Esto es absolutamente cierto.

—¡Es visible! ¿Y por qué usas estos galicismos, estos localismos que nadie comprende? ¿Por qué no escribes como te ha dicho siempre el señor Fabra en la peña, de una manera natural, según el lenguaje hablado… según la manera de hablar de tu ambiente? ¿Me comprendes?

—Sí, lo comprendo. Pensaba, sin embargo, que la literatura iba por este camino…

—¿Qué literatura?

—La literatura que se hace hoy en este país.

—La literatura que se hace hoy es la literatura novecentista. Cuando el señor D’Ors la hace, aún puede pasar. Cuando la escriben sus discípulos, es literalmente horrible. Tienes que separarte de estas cosas…

—¿De qué cosas?

—Te has de separar de la retórica, del preciosismo, del refinamiento, de las palabras, de la literatura diferente… Cuando lees lo que has escrito no te gusta ni a ti mismo. Si lo publicases ¿a quién quieres que guste fuera de los cuatro amigos de la capillita? Créeme. ¡Déjate de capillitas! No escribas pensando en lo que has leído: escribe con tu temperamento.

Pensé largamente en todo lo que Alexandre Plana me dijo en el curso de nuestra conversación —que naturalmente he dado muy abreviada— y tengo que confesar que lo que me dijo me produjo un gran efecto. Rompí una gran cantidad de papeles —todo lo que había elaborado durante tantos años y con tanta dificultad, con estilo, diríamos, novecentista, para decirlo de alguna manera. En cuanto pude empecé a escribir este cuaderno —El quadern gris. Fue la consecuencia natural de la destrucción de aquel cúmulo de papeles. Los papeles no se rompen nunca con alegría —sobre todo, y este era mi caso, si han costado mucho de hacer. Pero yo lo hice y sin grandes cumplidos. Estoy seguro de que obré bien —al menos para mí mismo.



El fragmento anterior —y la siguiente lista— son una selección de subrayados del extraordinario ‘Cuaderno gris’, de Josep Pla —su diario de seiscientas páginas escrito entre los veintiuno y los veintidós años (1918-1919), traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.



El cielo es gris y bajo.


A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa —lívido, irreal.


El señor cura fue quien llevó dentro de una maleta, enfundada en una tela gris oscuro, una copia del testamento de mi tío a favor de la Curia de Girona.


El día se ha nublado y la luz que baja de la lucerna es más incierta, de un gris más denso.


Evidentemente, en casa, lo que abunda es lo gris.


Este artículo es el hecho de más peso que encuentro en mi genealogía gris y vulgar.


Hace días intento concretar en pocas líneas la impresión que me ha causado una reciente lectura de El poble gris de Santiago Rusiñol.


Todas las personas que vivimos en un pueblo —aunque este pueblo sea un poco más agradable, menos aragonés (diríamos), menos caricaturesco que el pueblo gris— sabemos que cada capítulo del libro responde a una realidad observada, directa, indiscutible, pero Rusiñol coge estos hechos, los desliga, los manipula, los deforma, los exagera, los aumenta o los empequeñece, proyecta sobre ellos su monótono mecanismo humorístico y convierte algo vivo, palpitante, en un juguete, en una banalidad, en una irrisoria maquinita.


Después, una grisura opaca, densa, baja de las laderas de los pinos e invade el mar y la tierra.


Sobre el color terroso, gris-gorrión, modesto por no decir mediocre, de su piel, estas petulancias detonan un poco.


A veces me parecen de un negro gris con un puntito brillante susceptible de dar un resplandor vivo.


También a veces se me aparece de pronto, en la imaginería incoherente del sueño, un tribunal de exámenes, tras una mesa colocada en una alta tarima; unos señores amodorrados y displicentes, con un bombo delante para sacar bolas, todo ello inmerso en la luz grisácea, pasada por el enrejado espeso de las ventanas de las aulas de la Facultad de Derecho.


Los payeses tienden, cada día más, a engordar estos animales con los caracoles pequeños, de color gris, que llamamos joanets.


Es un lector constante de la Biblia, sobre todo del Antiguo Testamento, y su fuerte, en el café, consiste en relatar de una manera literal y con un aire gris, frío, glacial, las monstruosidades que —generalmente— encuentra.


A primera hora de la mañana, hace a veces tanto calor que se pone sobre el agua como una bruma de color grisáceo.


El viento pasa indiferente sobre el mar, las cigarras hacen su chirrido histérico en el tronco de los pinos; por encima de las montañas de poniente sube una luz de carmín, manchada de oro y de grises verdosos, de sol moribundo.


Si no he podido realizar mi deseo, ha sido porque mi imaginación no ha sido bastante fuerte para transformar en nacarada irisación lumínica esta densa concentración de grisalla cenicienta y opaca.

Josep Pla.


Con estos elementos se podría escribir una novela gris y larga.


Entonces, el verdor domina, un momento, su grisura amarillenta.


A veces era la abuela Marieta la que nos esperaba, o mi padre o mi tía Lluïsa —una hermana de mi padre, soltera y piadosa, de cabellos prematuramente grises, muy distraída y un poco embobada y, por lo tanto, de un trato ciertamente bondadoso y agradable, pero no tan seguro como hubiera podido parecer a primera vista.


Al llegar fui presentado a la señora Doloretes, la cual era una persona pequeña, seca, morena, de cabello grisáceo, que me pareció muy acogedora.


Ahora son de un gris dorado elegantísimo.


El jugador no presenta nunca el tipo de hombre absolutamente gris, decididamente dominado, puramente reflejado —del hombre que no es ni carne ni pescado.


Los días grises afinan el paisaje hasta extremos indecibles.


Es un realista de una sensibilidad muy aguda, especialmente sensible a los grises.


Llegamos al comedor, que tiene una mesa en el centro, seis o siete sillas contra las paredes y una bombilla en el techo que da una luz gris e incierta.


Sus contrafuertes inferiores, sin nieve, tienen un color gris y una calidad blanda y pastosa.


Los mochuelos vuelan en el cielo gris y bajo.


El cielo es de un gris brillante, un hormigueo lumínico.


Dentro del gris, los árboles se afinan.


El mar es de un color azul-gris.


Las viñas se van dorando, los pinares tienen una capa espesa de verde oscuro, los olivares se aureolan de un grisáceo aéreo y plateado.


Todo se llena de gris.


Ha hecho una tarde gris.


En el crepúsculo gris veo sus grandes ojos negros brillantes —con un puntito rojo en la intersección de los párpados.


Sobre los campos hay la grisalla tostada del invierno que contrasta con el verdor rutilante de los pinos.


Quizá no es tan pintoresco pero sospecho que es mucho más agradable vivir en este mundo de tono gris que en un mundo de personalidades aparatosas y asfixiantes.


La luz es cruda y esto subraya el color grisáceo, de tierra ácida, de Barcelona.


Es un hombre de un aspecto vaporoso, de una apariencia tímida, con una barba rubia que empieza a grisear.


Y entre mis propias rodillas aparecía el espectáculo de la gran ciudad bajando, en declinación suave, de Collserola al puerto, con sus blancos rutilantes y las manchas gris tórtola, trémulas, de las piedras viejas.


Desde el interior, es de un gris ligeramente tocado de amarillo —de color de tierra ácida.


Las luces de gas, con el polvo, enrojecían, el vaho era granulado y el aire se poblaba de pequeños granitos de pus grisáceo.


Se veía que la ilusión de aquel hombre hubiera sido la de ser un medio artista, porque se dejaba crecer la uña del meñique, decía las cosas a lo tonto y tenía ciertas caídas en el dandismo: llevaba, por ejemplo, un chaleco de color gris tórtola pálido y un bastoncillo de caña nudosa.


Sus ojos, de un azul grisáceo, más que ojos de soñador, son los ojos de un hombre un poco cansado de soñar.


Es un ser humano devastado por el fuego de la cocina y por la miseria: una mujer seca, pálida, con una cabellera gris muy clareada, aterrada por la angustia, que ha vivido literalmente arrastrada por la vida.


Tienen en la cara la grisura de las personas poco habituadas a manejar fusiles.


Cuando el doctor Vila i Vendrell cogía con dos dedos un tubo de ensayo, se producía en el vasto auditorio del aula gris, glacial, impregnada de la niebla matinal de Barcelona, un silencio profundísimo.


Nuestros ojos se centraban sobre el verde: aquellos dos dedos de verde del tubo pasaban a ser el sitio geométrico de todas las miradas, el punto sobre el cual convergían todos los vectores directos e indirectos del aula inmensa, gris, impersonal y muda.


Cuando pienso en aquella bandada de sombreros en el aire gris del aula universitaria, la indignación se me sube a la cara y me entra un escalofrío.


De todas maneras, fui siempre un jugador pequeño, desprovisto de vanidad, un jugador mudo, gris, borroso.


Era un señor de edad, de aspecto respetable, de una envergadura considerable, alto y grueso, pálido, con un poco de gomina sobre los cabellos lisos blanco-ceniza, de ojos gris claro, con un bigote ahuecado y redondo, ligeramente quemado por los cigarrillos egipcios que fumaba.


Sentado en el pequeño anfiteatro de la cátedra de Lógica, delante de él, suspendido en el silencio grisáceo que flotaba, le miraba a veces.


Por la mañana iba vestido de financiero maurista: llevaba abrigos claros, zapatos de charol con botines grises, bigote y barbita admirablemente presentados, un flexible de color de café con leche, con una cinta azul, y guantes claros.


Como cada año: hace un día gris, rodeado de una gran calma, frío, sin sol ni viento.


Entre las mercancías, sobre las paredes de los docks, siempre era posible descubrir alguna forma fugitiva al hilo de las sombras grises y vagas.


Es un hombre de estatura regular, de aspecto muy cambiante (hay días que parece redondo y otros parece un hombre huesudo), con unas facciones muy acusadas: pómulos rojos; ceja dura y negra; mejilla canónica; ojos negros brillantes, vivísimos; barba fuerte, afeitada en azul; gris abundante en los cabellos; cuello de tronco espeso sobre un esternón voluntariamente salido.


Viste de color gris.


Produce una gran sensación: lleva una americana clara, de color crema; unos pantalones grises con un cinturón de cuero y su correa; cuello y corbata; ha sustituido el sombrero duro por el canotier, que lleva un poco, poco, inclinado sobre la oreja.


La mediocridad, la grisura de esta periferia, es impresionante.


Todas estas escenas, bajo el cielo de seda gris y pálido de Girona, adquirían un gran relieve.


Me gustaría el cielo gris, el aire gris, las piedras grises, la gente agrisada, el ruido de las goteras en las piedras de las calles —o en los paraguas de la gente.


Los grises de Girona me fascinan.


El caso es que fue pasando el rato, que la luz se quebró y que el panorama urbano apareció entre un cielo de estrellas agrisado.


Alrededor del artefacto circulaba alguien que tan pronto se veía como desaparecía: a contraluz era como un garabato sobre un papel gris.


La mezcla daba un líquido de color de fraile franciscano: de color gris oscuro.


Y los que no tenemos una nota muy marcada y estamos destinados a mantenernos en lo agrisado ¿qué c… tenemos que hacer?



Los extractos que compartimos tienen como única finalidad la divulgación literaria y artística. Los derechos sobre estas obras corresponden a su autor o titular.


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